“Frankenstein” (2025): el latido que devuelve la mirada
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El hielo no es solo un escenario en la nueva versión de Frankenstein (2025) de Guillermo del Toro: es espejo, frontera y herida. De pronto, aquello que creamos y creemos dominar, sea un cuerpo reanimado o un algoritmo, empieza a mirarnos de vuelta. Y esa mirada, humana o artificial, nos inquieta porque reconoce algo nuestro. Del Toro toma el mito más antiguo del horror moderno y lo vuelve a hacer contemporáneo.
Guillermo del Toro llevaba este proyecto como una obsesión desde hace décadas. En entrevistas ha resumido su vínculo con la novela de Mary Shelley como una devoción profunda. El film, escrito, dirigido y producido por él, se presentó mundialmente en el Venice International Film Festival (30 de agosto de 2025) y llegó después a las salas de cine en una ventana breve antes de estrenarse globalmente en Netflix.
El reparto principal reúne a Oscar Isaac como Víctor Frankenstein, Jacob Elordi como la Criatura y Mia Goth en los papeles de Elizabeth Lavenza prometida de Willian Frankenstein y a la madre de ambos.
Del Toro no buscaba solo recontar el mito, sino volver a sentirlo: convertir al monstruo en espejo y al creador en criatura. Esa alquimia, apoyada en efectos prácticos, locaciones de aire romántico y una fotografía que exprime sombras y nieve, distingue esta adaptación de lecturas más literales.
Desde los primeros minutos, la película se impone como una sinfonía de soledad. El hielo del Ártico abre el film: un capitán perdido encuentra a un hombre que huye de su propia creación. Desde ahí, el relato retrocede al joven Víctor y a su obsesión por desafiar la muerte. No lo mueve la ambición del científico moderno, sino una pena infantil: la madre perdida, el amor imposible, la ilusión de que el dolor puede deshacerse si se domina la materia.
El nacimiento de la Criatura no es espectáculo, sino un parto torpe y silencioso. Su cuerpo tiembla, abre los ojos, respira… y el mundo lo rechaza. Elordi lo encarna con mezcla de brutalidad y ternura: antes que golpear, busca ser mirado. La película no tiene villanos ni héroes: solo criaturas tratando de comprender qué significa existir. El laboratorio, la nieve, la casa; las estancias —casi cuadros— funcionan como estaciones de una culpa que avanza sin remedio.
En el siglo XIX, Mary Shelley escribió Frankenstein en pleno despertar de la ciencia moderna: galvanismo, anatomía, electricidad; el sueño de dominar la vida. Dos siglos después, la obsesión cambió de forma pero no de fondo. Hoy, las inteligencias artificiales aprenden, generan imágenes, escriben textos y toman decisiones que a veces ni sus creadores comprenden del todo. La Criatura sigue aquí, aunque ya no esté hecha de carne y suturas, sino de datos y modelos.
El Frankenstein de Del Toro no es un recordatorio de museo, sino una advertencia emocional de presente: lo que temíamos entonces de la ciencia, hoy lo tememos de nosotros mismos. El experimento de Víctor comparte raíz con nuestros algoritmos: deseo de control, ilusión de perfección y olvido de la empatía. La Criatura abandonada simboliza esa creación que aprende sin guía, que observa, imita y siente rechazo. La pregunta que sobrevuela el film, y nuestro tiempo, es la misma: ¿qué haremos cuando aquello que creamos nos pida explicaciones?
Del Toro filma con pulso de pintor romántico: sombras que respiran, luces como cicatrices, laboratorios donde el humo parece pensar. El diseño de producción es monumental sin perder intimidad: montañas nevadas y estancias de piedra conviven con primeros planos que capturan el temblor de la piel. El maquillaje de la Criatura, apoyado en prótesis y sin abusar del CGI, da humanidad al monstruo, y la banda sonora late como una brasa bajo la tormenta: frágil, insistente, profundamente humana.
Pocas películas equilibran así emoción y pensamiento. Frankenstein (2025) duele y maravilla; es densa, hipnótica, pide paciencia y devuelve intensidad. No busca el sobresalto del susto, sino el escalofrío de lo inevitable. Del Toro filma la culpa como un milagro roto. Cuando la Criatura alza la mirada, uno entiende, como Shelley, que el verdadero horror no está en el cuerpo cosido, sino en la indiferencia del creador.
Si puedes, disfrútala en el cine. En pantalla grande, la nieve pesa, el fuego duele, la mirada del monstruo atraviesa. Si la ves en casa, regálale silencio y oscuridad: la película lo agradece. Yo soy de los segundos. De los que no soporta el ruido de los nachos ni los comentarios del "crítico de la butaca de al lado" y reconozco que me ha estremecido
Quizá ese sea el mayor logro de Del Toro: recordarnos que Frankenstein nunca trató de vencer a la muerte, sino de entender la vida. Que cada avance, eléctrico, digital o neuronal, trae la misma pregunta: ¿hasta qué punto podemos crear sin sentirnos responsables de lo creado? El XIX lo formuló con rayos y cadáveres; nosotros, con algoritmos y pantallas. El dilema sigue intacto: no es un problema de ciencia, sino de conciencia. Y mientras la Criatura camina bajo la nieve, silenciosa, con los ojos llenos de ternura y miedo, cuesta no sentir que nos está mirando a todos.
😍😍😍 me encantó, la imagen, la ropa. Igual no es diel del todo al libro pero la esencia está....
ResponderEliminarCreo que a pesar de no ser fiel al libro, como dices, es de una riqueza visual terrible y a mí me hizo pensar mucho... gracias por dedicar unos minutos a leerme
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