Parar también es avanzar
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Hay un momento en que el cuerpo susurra.
No duele, no se rompe: solo avisa. Te cuesta concentrarte, bostezas sin sueño, el mundo parece un poco más opaco. Es el lenguaje discreto del cansancio. No el de los músculos, sino el del alma.
Yo lo escuché hace unas semanas y decidí hacer algo casi subversivo: detenerme.
La culpa de no producir
Al principio no fue descanso, fue culpa.
Culpa por no publicar, por no responder, por no estar. En esta época donde todo se mide —los pasos, los likes, la frecuencia de las publicaciones—, detenerse parece una traición. Como si la pausa fuera una grieta en la productividad.
Pero entonces comprendí algo: vivimos bajo la dictadura de lo inmediato. Nos convencieron de que si no creamos constantemente, desaparecemos.
Y sin embargo, las mejores ideas no nacen en el ruido, sino en el silencio.
John Cage —el músico que hizo del silencio una partitura— decía que “el silencio no existe”. Y tenía razón: incluso cuando paramos, algo sigue sonando dentro.
Ese sonido interno, tenue pero persistente, es el que había dejado de escuchar.
El arte de detenerse
Parar no es rendirse: es recordar que somos seres antes que máquinas.
En un mundo que confunde velocidad con valor, detenerse es un gesto de resistencia. Es mirar por la ventana sin mirar el reloj. Es dejar que un pensamiento termine su recorrido sin tener que convertirlo en contenido.
Durante estos días de pausa, sentí cómo el tiempo recuperaba su textura.
Las horas ya no eran unidades de trabajo, sino espacios habitables.
Caminar sin propósito se volvió una forma de oración. Dormir sin culpa, una victoria íntima.
Y entendí que el descanso no interrumpe la creación: la sostiene.
La inspiración necesita hueco, igual que la respiración necesita aire. No se puede escribir sin antes vaciarse un poco.
Volver más despacio
Cuando uno vuelve después de parar, no regresa igual.
Vuelve más lento, pero más verdadero.
Ya no escribe para alcanzar nada, sino porque le apetece mirar el mundo desde otro sitio.
Esa lentitud no es debilidad: es madurez. Es el cuerpo diciendo “ya puedes seguir”, con una voz que suena distinta, más sincera.
He vuelto con la certeza de que la pausa no es un paréntesis, sino parte de la frase.
Sin los silencios, la música sería solo ruido.
Un cierre que respira
Quizá lo importante no sea producir, sino permanecer despiertos.
Aprender a parar sin justificarlo, sin convertir el descanso en una estrategia de eficiencia.
No se trata de detenerse para rendir más, sino para sentirse más.
El mundo seguirá corriendo, claro. Pero uno puede, de vez en cuando, bajarse del tren y mirar cómo pasa.
A veces, lo más valiente no es avanzar, sino quedarse quieto un rato, con los pies descalzos sobre la tierra, respirando.
¿Y tú?
¿Cuándo fue la última vez que te diste permiso para parar?

Hace mucho tiempo, lo necesitaba. Fueron meses muy duros tras perder una persona muy especial. Decidí viajar sin compañía.
ResponderEliminarY fue la mejor decisión que pude tomar.
Encuentro que es necesario parar de vez en cuando, el tiempo pasa y la vida con él...
Parar es un acto de valentía.
ResponderEliminarUn abrazo