¿Es YUNGBLUD un nuevo genio? Entre la genialidad y la mercadotecnia


🎙️ Idols (2025) — Yungblud entre la genialidad y la mercadotecnia

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Me acerco al nuevo trabajo de Yungblud como me acerqué en su día a Billie Eilish, con cierta curiosidad. En el caso de la americana lo hice desde la propuesta visual y sonora de Bad Guy; con Yungblud, por el homenaje a Ozzy y, sobre todo, por sus declaraciones sobre un mundo de la música menos elitista y más consciente, con la oportunidad de acercar a los más jóvenes a bandas de primer nivel.

Quizá influenciado por Osbourne, ha creado el Bludfest, un festival con entradas asequibles, unas 50 libras, del que se han celebrado dos ediciones y al que han asistido más de 30 mil personas por edición.

La canción que os propongo para esta entrada es una de mis favoritas del álbum, que para ser sincero, no es para mí. Es "FIRE", la que quizá más me llega. Hay pedazos en todas las canciones que me han tocado la fibra aunque ojo… mucho ojo con este tío.

Con esta base me acerqué a Idols, un trabajo que vio la luz el 20 de junio a través de Locomotion Recordings y Capitol Records. Grabado en Leeds durante cuatro años, el disco se mueve entre el britpop, el glam y un rock que no teme ensuciarse.

Llegaba sin haber oído nada del británico, más que su interpretación de Changes en el homenaje a su padrino, Ozzy Osbourne. Quería dejarme llevar y encontré que cada canción abre una puerta distinta. Idols es la primera parte de un proyecto doble que se percibe como algo pensado para ir más allá. Y eso se nota desde el primer acorde. Para empezar, un puñetazo sobre la mesa. ¡BOOM! Un tema de nueve minutos. NUEVE MINUTOS. Y ya en esa canción me pareció escuchar a Oasis, Queen y a Def Leppard. En esos nueve minutos, que comienzan como un susurro, crecen, explotan y vuelven a recogerse como en una metáfora vital del ciclo de la vida, se nota que hay mucho por descubrir en este Ídolos.

Está claro que este trabajo es un disco íntimo e intimista, creado en tiempos pandémicos. Por momentos te abraza y en otros, a mí, me hace una “cobra terrible”, alejándome por lo pop. Quizá como una relación tóxica de la que no te vas pero con la que tampoco quieres estar.

Hay canciones cercanas como “Lovesick Lullaby”, con guitarras suaves y melodías que se quedan sin hacer ruido. De esas canciones que no buscan destacar a gritos, pero terminan grabadas en la memoria.

Todo el disco tiene potentes arreglos instrumentales, golpes emocionales como “Zombie” o “Ghost”, que crecen poco a poco para soltar una buena dosis de rabia.

Y vuelve a sonar a Bowie, a U2, a HIM. Todo esto como el dry martini de un 007 musical: batido, no agitado.

La voz suena como una suave seda áspera. Como un Gallagher con rabia contenida. Como un Mercury furioso, pero con menos calidad.

En algunos momentos del trabajo me voy de la escucha, porque, como he comenzado diciendo, esto es una mezcla de rock, britpop y glam de los setenta. Desconecto, me aleja. E igual que digo una cosa, digo la otra. Siempre, y digo siempre, hay un hilo invisible que me trae de nuevo a la canción. Un riff, una orquestación, un grito que resquebraja la dulzura de este enfant terrible que se atreve a lo que muy pocos, y tengo la sensación de que no hay casualidades en este disco.

Cada arreglo, cada silencio, parece colocado con un propósito. La producción, detallista sin perder naturalidad, se abre paso sin saturar.

La crítica lo ha reconocido: desde Rolling Stone Australia hasta The Soundboard, pasando por Umusic NZ, todos coinciden en que es un trabajo ambicioso, emocional y bien construido. No todos los discos logran poner de acuerdo a tantos.

Y es que es cierto que las canciones crean un mapa que, a pesar de que a mí algunos interludios me han sacado de ruta, siempre te hace regresar a donde quiere que estés.

Lo que queda cuando termina

Idols no cierra, deja una puerta abierta. Es un álbum que se siente completo e incompleto al mismo tiempo, porque está claro que lo que viene después será parte de la misma historia.

En esa espera, las canciones siguen dando vueltas, recordándote que aquí hay algo más que estilos. Hay una idea que todavía no se ha contado del todo. Y eso es lo que lo hace interesante.

Lo que me queda cuando el disco termina es una grandísima duda. ¿Es Yungblud un genio o solo un nuevo producto de mercadotecnia? ¿Estamos ante un nuevo fenómeno musical? Desde luego, lo que ha hecho este chico con Idols, al menos para mí, está al alcance de muy pocos.

Dejadme creer que es un nuevo genio. Espero que los que lo disfrutéis en su gira española en octubre me lo contéis. Yo creo que este trabajo no será parte de mi discografía diaria, pero sé que volveré a escucharlo, porque siento que se me han escapado muchas cosas.

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