Litha o la extraña costumbre de no mirar al cielo
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Canción para acompañar la lectura:
Bones of Minerva – Whales
Siempre me han gustado las canciones que no tienen prisa por llegar a ninguna parte. Whales es de esas. Hay algo en su atmósfera que invita a detenerse, a escuchar y a observar. Exactamente lo contrario de lo que solemos hacer cada día. Quizá por eso me ha acompañado mientras pensaba en Litha, en el tiempo y en esa extraña costumbre moderna de olvidar que, sobre nuestras cabezas, el cielo sigue contando historias.
Hace unos días me di cuenta de algo bastante absurdo.
Sabía perfectamente cuántos correos tenía pendientes. Sabía qué reuniones tenía programadas para la semana siguiente. Sabía incluso el porcentaje exacto de batería que le quedaba al móvil.
Pero no era consciente del solsticio de verano.
No es una tragedia, claro. Tampoco creo que mi vida vaya a mejorar por aprenderme la fecha exacta de cada cambio de estación. Pero la situación me hizo pensar.
Vivimos rodeados de información y, sin embargo, cada vez prestamos menos atención a algunas de las cosas más evidentes.
Por ejemplo, al cielo.
Durante miles de años nuestros antepasados levantaban la vista porque necesitaban hacerlo. Los cambios de luz, la duración de los días o la llegada de determinadas estaciones no eran simples curiosidades astronómicas. Formaban parte de la vida cotidiana. Marcaban cosechas, viajes, celebraciones y formas de entender el mundo.
Hoy la mayoría de nosotros podemos pasar semanas sin reparar en algo tan sencillo como que anochece más tarde que hace un mes.
No es una crítica. Es una constatación.
Nuestra relación con el tiempo ha cambiado.
Quizá por eso me resulta interesante que todavía existan celebraciones como Litha.
Litha suele asociarse actualmente al solsticio de verano dentro de distintas tradiciones neopaganas. Se presenta muchas veces como una celebración de la luz, de la abundancia y de la conexión con la naturaleza. Pero más allá de símbolos, rituales o interpretaciones modernas, hay algo que me parece especialmente relevante.
La necesidad humana de señalar ciertos momentos.
De decir: “Detente un instante. Mira dónde estás”.
Porque tal vez eso sea lo que más hemos perdido.
No los rituales.
No las hogueras.
No las creencias.
La pausa.
Tenemos calendarios capaces de organizar cada minuto del día, pero rara vez reservamos tiempo para observar en qué punto del año nos encontramos. Enero y agosto aparecen en la agenda con la misma naturalidad con la que aparecen un martes o un jueves. Todo parece formar parte de una corriente continua donde las semanas se suceden unas a otras sin demasiadas diferencias.
Y, sin embargo, seguimos necesitando referencias.
Quizá por eso muchas personas buscan hoy aquello que generaciones anteriores encontraban en fiestas estacionales, celebraciones locales o tradiciones compartidas. No necesariamente por convicción espiritual. A veces simplemente porque ayudan a crear una sensación de pertenencia.
A algo.
A un lugar.
A un momento.
A una comunidad.
Me pregunto si una parte del interés actual por ciertas celebraciones tiene que ver precisamente con eso. Con la necesidad de recuperar algo que no aparece en ninguna aplicación ni en ninguna plataforma digital.
La sensación de formar parte de un ciclo.
Porque la naturaleza sigue funcionando exactamente igual que antes. El verano continúa llegando. Los días continúan creciendo y disminuyendo. El sol sigue recorriendo el mismo camino.
Los que hemos cambiado somos nosotros.
Quizá por eso Litha resulta interesante incluso para quienes no participan de ninguna tradición concreta.
Nos recuerda algo sorprendentemente sencillo.
Que la vida no solo transcurre en pantallas, agendas y relojes.
También sucede ahí fuera.
Sobre nuestras cabezas.
Aunque cada vez miremos menos.
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