Festivales. Cuando la música deja de ser la primera conversación

Tiempo estimado de lectura: 5 minutos

Canción para acompañar la lectura

No he elegido esta canción porque hable de festivales. La he elegido porque refleja mejor que yo la sensación con la que terminé de escribir este artículo.

Cuando la música deja de ser la primera conversación

Llevo varios años escuchando la misma frase cada vez que empiezan a aparecer los carteles de los festivales de verano.

«Qué pena que coincidan.»

Nunca le di demasiada importancia. Pensaba que era una de esas quejas que se repiten todos los años y desaparecen igual de rápido.

Hasta hace unos días.

Leí un reportaje en El País sobre la rivalidad entre Resurrection Fest, Rock Imperium y Barcelona Rock Fest y, por primera vez, tuve la sensación de que aquella frase hablaba de algo más que de un problema de calendario.

No porque tres festivales compartan el mismo fin de semana. Eso puede ocurrir. Lo que me llamó la atención fue descubrir que detrás de esas fechas había años de desencuentros, intentos fallidos de diálogo y una competencia que los propios organizadores reconocían sin demasiados rodeos.

Cerré el periódico y seguí pensando. Aunque no en los promotores, ni en las bandas, que están en sus escenarios. Pensé en cómo hablamos hoy de los festivales.

Nunca he sido un gran festivalero. Me gustan los conciertos pero no los grandes festivales. Quizá por eso llevo años escuchando las conversaciones de quienes sí organizan el verano alrededor de ellos.

Y casi todas terminan pareciéndose.

Basta con que aparezca un cartel en un grupo de WhatsApp para que alguien escriba casi al instante: «Coincide con el Resu». O con Rock Imperium. O con el Barcelona Rock Fest. Da igual cuál sea. La conversación ya no empieza preguntando qué banda hace más ilusión. Empieza haciendo números.

Si coinciden fechas. Cuántos días de vacaciones quedan. Si se pueden compaginar. Cuál habrá que dejar fuera.

Nunca me había parado a pensar que esa conversación también decía algo sobre la escena.



Mientras le daba vueltas recordé otra historia. El verano pasado escribí en el blog sobre la entrada del fondo KKR en algunos festivales metaleros y no metaleros, y las preguntas éticas que aquello abrió para muchos aficionados. (https://elrosalcarin.blogspot.com/2025/07/a-que-precio-gritamos-etica-y.html)

Durante unas semanas parecía que no se hablaba de otra cosa. Después el debate fue perdiendo fuerza y los festivales han seguido batiendo récords de asistencia, en especial el Resurrection que es el que más me atañe.

No traigo aquello de vuelta para reabrir la discusión. Lo recuerdo porque me hizo pensar en lo rápido que cambian las conversaciones alrededor de la música. Hay debates que parecen destinados a marcar un antes y un después y, sin embargo, apenas unas semanas más tarde ocupan un rincón de nuestra memoria.

Quizá eso también diga algo de nosotros.

Tengo amigos que compran el abono de un festival antes incluso de saber quién tocará, incluso sin mirar el cartel. No me parece extraño. Al contrario. Me hace pensar que un festival hace tiempo que dejó de ser únicamente un cartel.

Es un lugar al que volver. También una tradición. Un grupo de amigos. Un verano que empieza mucho antes de que suene la primera guitarra

Y eso, en realidad, me parece una de las mejores cosas que han conseguido los festivales durante todos estos años.

Han acercado bandas que antes parecían inalcanzables. Han permitido descubrir artistas que probablemente nunca habríamos escuchado de otra manera. Han construido comunidades que sobreviven mucho después de desmontar los escenarios.

Quizá por eso me sorprende comprobar que, cuando hablamos de ellos, cada vez hablamos menos de música.

Hablamos de cuándo salen las entradas. De los vuelos. De los hoteles. De los patrocinadores. De los fondos de inversión. De las exclusividades. De las fechas. De las cifras de asistencia.

Y, entre una conversación y otra, aparecen también las canciones.

No sé si esto es algo nuevo o simplemente ahora resulta más visible porque todo se comparte al instante. Tampoco sé si es una buena o una mala noticia. Quizá sea solo la consecuencia natural de una escena que ha crecido hasta convertirse en algo mucho más grande de lo que era hace veinte años.

Lo que sí sé es que aquel reportaje me hizo escuchar de otra manera una frase que llevaba demasiado tiempo pasando desapercibida.

«Qué pena que coincidan.»

Tal vez no hable únicamente de tres festivales.

Tal vez hable de la forma en que vivimos hoy la música en directo.

Y tengo la sensación de que esa conversación no termina aquí.



Etiquetas: festivales, Resurrection Fest, Rock Imperium, Barcelona Rock Fest, música en directo, metal, rock, Berri Txarrak, El blog de Elros Alcarin, opinión musical

Comentarios

Entradas populares de este blog

“Wasted Years”: cuando el presente te agarra de la chaqueta

¿Es YUNGBLUD un nuevo genio? Entre la genialidad y la mercadotecnia

Resiliencia de Ignis Ánima: un viaje track by track al corazón del metal español