Imbolc, una pausa larga en mitad del invierno



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Imbolc, una pausa larga en mitad del invierno

Hay un punto del invierno en el que no ocurre nada visible. No suben las temperaturas, no cambian los días de golpe, no aparece ninguna señal clara. Y aun así, algo afloja. El cansancio ya no aprieta igual. El silencio pesa un poco menos.

A ese momento, desde hace siglos, se le puso un nombre: Imbolc.

Se sitúa entre el 1 y el 2 de febrero, justo en el centro del invierno. No marca un inicio ni un final. Es una grieta pequeña. El invierno sigue ahí, pero ya no es el mismo.

Para los pueblos celtas, Imbolc no era una celebración exuberante. Era íntima. Doméstica. La tierra seguía fría, pero los animales empezaban a dar leche. Algo se había puesto en marcha por dentro.

Imbolc no celebraba lo que crece, sino lo que se está preparando.
Lo que todavía no se ve.
Lo que aún no puede enseñarse.

Por eso se asociaba a Brigid vinculada al fuego pequeño, al hogar, a la palabra justa. No al incendio, sino a la brasa que resiste cuando todo lo demás parece apagado.

Imbolc no promete nada.
Y quizá por eso resulta tan honesto.

No habla de cambios inmediatos ni de renaceres épicos. No exige optimismo. Solo sugiere que continúes. Que cuides lo que llevas dentro aunque todavía no sepas en qué se convertirá.

Es una fecha incómoda para quien necesita certezas.
Muy cercana para quien simplemente está cansado.

En lo personal, siempre he sentido que Imbolc llega cuando ya no esperas nada del invierno. Cuando no estás mejor, pero tampoco estás peor. Ese punto extraño en el que sigues adelante no por fe ni por entusiasmo, sino por pura inercia vital. Y, a veces, eso es suficiente.

No hace falta creer en nada concreto. Imbolc no exige altares ni gestos solemnes. Se manifiesta en cosas mínimas: ordenar una idea que llevabas semanas evitando, encender una luz al anochecer sin convertirlo en ceremonia, permitirte no estar bien del todo, pero tampoco rendido.

Eso es Imbolc hoy: dejar de exigirte milagros.

Imbolc suena a canciones que no empiezan fuerte. A discos que no buscan el estribillo. A música que no te levanta del suelo, pero hace que no pese tanto estar ahí.

No acompaña el cambio.
Acompaña la espera.

Imbolc no es una respuesta. Es una pausa. Una forma antigua de recordarnos que incluso en los inviernos más densos hay algo trabajando a favor de la luz, aunque todavía no sepamos ponerle forma.

No hay que celebrarlo.
Basta con reconocerlo.


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