Yule: Cuando la noche deja de avanzar
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Cuando la noche deja de avanzar
Yule nunca llega cuando uno está bien. Al menos, a mí no me encuentra ahí. Aparece cuando el cansancio pesa más que la esperanza y la oscuridad ya no es una metáfora, sino un estado. Por eso siempre me ha parecido una celebración honesta: no promete luz inmediata, solo un pequeño cambio de dirección.
Es el solsticio de invierno. La noche más larga del año. El día más corto. Y aun así, algo se detiene. El retroceso termina. El sol, aunque débil, decide quedarse.
Y con eso basta.
Aprender del invierno
Durante mucho tiempo nos han hecho creer que el invierno es un error que hay que corregir. Que estar cansado es un fallo. Que bajar el ritmo es rendirse. Yule dice justo lo contrario. Dice que hay momentos en los que no toca avanzar, sino sostenerse.
Las antiguas celebraciones paganas entendían el invierno como una etapa necesaria. No había prisa. No había exigencias. Solo la certeza de que todo ciclo necesita un tiempo de silencio para poder recomenzar.
Escuchar algo así hoy no resulta cómodo. Choca con la inercia de seguir, de producir, de aparentar que todo va bien. Quizá por eso conviene detenerse aquí más de un momento.
El fuego que se guarda
Siempre me ha conmovido el símbolo del tronco de Yule. No se encendía con fuego nuevo, sino con una brasa del año anterior. Nada empezaba de cero. Todo venía de algo que había resistido.
Hay años en los que no siento que tenga grandes fuegos dentro. Pero casi siempre queda algo. Una chispa. Un gesto mínimo. Una idea que no se ha apagado del todo. Yule me recuerda que no hace falta más.
Proteger eso ya es avanzar.
Gestos pequeños, sentido profundo
Nunca he creído en los rituales espectaculares. Yule tampoco los necesita. Basta una vela encendida con intención. Un papel donde dejar lo que pesa. Un silencio sostenido sin prisas.
En algunas tradiciones wiccanas actuales, Yule sigue siendo un momento de cierre y siembra. No para exigir resultados, sino para dejar algo preparado, incluso sin saber qué forma tomará después.
Hay inviernos en los que lo único que puedo sembrar es paciencia. Y está bien.
Lo que sigue latiendo bajo la Navidad
Cuando miro muchos símbolos de la Navidad actual —el árbol, las luces, el círculo que se repite— sigo viendo a Yule debajo. Cambiaron los nombres, cambiaron los relatos, pero la necesidad es la misma: recordar que la luz no desaparece del todo.
No todo lo antiguo es mejor. Pero algunas cosas lo son porque siguen diciendo la verdad.
Celebrar Yule hoy
Para mí, celebrar Yule no tiene nada de solemne. Es íntimo. A veces silencioso, incluso incómodo. Es permitirme no estar bien sin sentir que estoy fallando.
No pedirle al invierno lo que solo puede dar la primavera.
Descansar sin justificarme.
Cerrar sin dramatizar.
Aceptar que no todo florece ahora.
Cuando la rueda vuelve a girar
Yule no trae respuestas claras. Trae orientación. Me recuerda que incluso en el punto más oscuro hay un cambio en marcha, aunque todavía no se vea.
La luz no ha ganado.
Pero ya no pierde terreno.
Y, en según qué momentos de la vida, eso es más que suficiente.

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