Fito y Fitipaldis – El monte de los aullidos o cuando la emoción se confunde con el eco
Hay regresos que no hacen ruido, sólo levantan polvo en la memoria. Así suena El monte de los aullidos, el nuevo disco de Fito y Fitipaldis, un álbum que no viene a conquistar territorios, sino a caminar sobre los propios pasos. Suena a hogar, a humo de bar, a carretera conocida. Pero también, y quizá por eso mismo, deja en el aire una pregunta incómoda: ¿hasta qué punto lo familiar puede seguir emocionando?
La calma después del vendaval
Cuatro años después de Cada vez cadáver (2021), Fito Cabrales ha vuelto al estudio con la misma banda que lo ha acompañado en las últimas décadas: Carlos Raya con guitarra y producción, Boli Climent al bajo, Coki Giménez a la batería y Javi Alzola al saxofón. Todo en su sitio. Todo como siempre.
Grabado en los Estudios Uno de Madrid, el disco llega acompañado de una frase que el propio Fito dijo a EFE y que parece marcar su tono: “Escribí las letras con mucha pena” y esa tristeza se transmite, se vive en cada giro y en cada letra. No es una declaración de derrota, sino de vulnerabilidad. El bilbaíno suena más sereno que nunca, pero también más cansado. Como quien ya no busca gritar, sino entender el silencio.
Raíces de un eco interior
Han pasado cuatro años desde que el grupo publicó su anterior álbum, Cada vez cadáver (2021), tras el que Fito Cabrales regresó al estudio tras un tiempo de silencio. Durante ese interludio, la vida guardó partidas propias: estados de ánimo, caminos que debían detenerse, silencios que reclamaban su turno. En ese espacio es donde este nuevo proyecto encuentra su raíz.
Grabado en los madrileños Estudio Uno, producido Carlos Raya, con su equipo clásico, el disco cuenta con diez canciones que confluyen en un mapa emocional más que musical.
El título mismo, El monte de los aullidos, es una metáfora: más que un sitio físico, es un estado mental desde el que Fito escribe. “Siempre que estoy escribiendo, estoy como tres centímetros elevado… si no consigo eso, es que estoy escribiendo de oficio”, declaró.
Las canciones y sus reflejos
Abre con “Los cuervos se lo pasan bien”, primer sencillo del álbum, donde Fito regresa con guitarras que se abren como alas al viento. Pero la letra no celebra esa libertad: habla de tocar fondo, de sentirse extraño en su vida mientras la música parece ligera. Esa dualidad —disfrutar al ritmo del rock mientras el alma está gris— late en cada segundo.
“Mentira y verdad” fue la primera que vio la luz en papel, asegura Fito. La escuchas y se siente como aquel momento en que nos miramos al espejo y nos preguntamos qué parte de lo que somos es mimetismo y qué parte verdad.
“La marea imparable” parece balancearse entre dos aguas: esa ola que lo arrastra todo y nuestro intento de permanecer en el filo. Fito dice que no sabe si es “demasiado triste o demasiado alegre”. Esa ambigüedad es precisamente lo que la vuelve humana.
La pieza que da nombre al disco se concibió “como tres canciones en una”. Uno avanza en el recorrido sin saber muy bien cómo ha llegado al final. Esa sensación de circular por un sendero y descubrir que era una caminata interior.
Hay momentos que hablan de guerras y pesares (“Volverá el espanto”), otros que se ríen del destino (“Una maldita suerte”) y uno que se atreve al silencio puro: “Ardi”, instrumental, dedicada a su perra, según Fito: un cierre agridulce que no necesita palabras.
En conjunto, el disco es una noche con faroles viejos: ves las sombras, escuchas los aullidos, reconoces huellas en el barro, pero también sientes que estás vivo, que el rock todavía tiene esa chispa para sacudir el aire.
Ecos de un estilo que se repite
No hay duda de que Fito y Fitipaldis siguen siendo una de las bandas más queridas y con más éxito del rock español. La gira Aullidos Tour, con más de 300 000 entradas vendidas, lo demuestra. Pero el nuevo álbum evidencia una tensión que acompaña a muchos artistas longevos: cómo seguir siendo fiel a uno mismo sin caer en la repetición.
Las canciones suenan impecables, pero previsibles. Raya firma una producción brillante —nítida, cálida, cuidada—, aunque sin riesgo. Todo está en su sitio: el saxo de Alzola brilla con elegancia, las guitarras respiran melancolía… y sin embargo uno siente que ya ha estado aquí. Es como visitar un viejo bar donde hasta el camarero sabe qué vas a pedir. Confortable, sí. Pero sin sorpresa.
Opinión personal
He escuchado El monte de los aullidos varias veces intentando encontrar algo que lo distinga de los anteriores, algo que me sacuda. Y lo cierto es que no lo hay. Es un disco honesto, sincero, pero también previsible. Fito sigue escribiendo con el corazón, pero el corazón late con el mismo compás de siempre.
Las letras conservan esa mezcla de ternura y desencanto que lo ha hecho único, pero el sonido se repite. A veces da la sensación de que estas canciones podrían haber estado en Por la boca vive el pez o Antes de que cuente diez sin alterar el conjunto. No hay nuevos colores, ni texturas distintas, ni una evolución real en el sonido.
Aun así, sería injusto negarle mérito. Porque hay una verdad emocional en su forma de cantar, en esa voz que ya no busca alturas imposibles. Fito no compite: se confiesa. Y aunque el resultado no revolucione nada, sigue siendo capaz de acompañarte en un viaje, de calmarte una noche, de hacerte pensar que el rock todavía puede ser refugio.
Lo que queda al final del eco
Cuando el último acorde se desvanece, no queda ruido. Queda una sensación de calma, de haber pasado por un lugar familiar. El monte de los aullidos no es un disco que grite, sino que murmura. No busca abrir caminos, sino recordar los que ya existen. Y ahí, en ese gesto de mirar atrás sin pedir perdón, está su mayor verdad… y también su límite.
P.D. Muchas gracias Elena, por ser ojos y oidos.
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