Del arcade al sol: el viaje infinito de KILMARA

Reseña de Journey to the Sun, el nuevo álbum de KILMARA

⏱ Tiempo estimado de lectura: 7 minutos

Hace tiempo, casi desde mis comienzos en esto de la radio que conozco a Kilmara, e incluso he tenido la oportunidad de verlos varias veces en directo pero la primera vez que escuché Journey to the Sun supe que esta vez era diferente a todo. No tuve la impresión de estar ante un simple disco, sino frente a una puerta luminosa. 

Es de esos álbumes que se presentan como un paisaje: uno atraviesa el umbral y se ve rodeado de colores, emociones y recuerdos que parecen propios, aunque los pongan otros en música. En este caso, los barceloneses han decidido que su viaje parta de un lugar muy concreto: los salones arcade de finales de los 80, donde se aprendía a perder y a ganar con la misma intensidad con la que se vivía la amistad o el primer amor. "INSERT COIN" Empezamos. 

El concepto podría haber quedado en un guiño nostálgico, pero aquí funciona como un motor. Cada canción es un nivel nuevo, un reto distinto, con enemigos invisibles que se parecen demasiado a los que cargamos en la vida real: la soledad, el miedo, la duda, pero también la esperanza y la celebración. Esa es la verdadera virtud de Journey to the Sun: que consigue transformar el video juego en metáfora de la existencia.

Producción y sonido que respiran claridad

Para alcanzar ese efecto, la banda confía en Carles Salse, guitarrista, compositor y arquitecto sonoro del disco, que junto a Seeb Levermann (Orden Ogan, Rhapsody of Fire) da forma a un sonido que combina potencia con nitidez. Aquí nada se siente embarrado: la batería de Eric Killer golpea con precisión, los riffs de John Portillo y Salse se entrelazan como dos rayos en plena tormenta y el bajo de Dídac Plà sostiene el conjunto con una solidez que no se tambalea.

Sobre esa base se alza la voz de Daniel Ponce, que guía la aventura con un registro oscilante entre la épica y lo íntimo, como quien sabe que no siempre se puede gritar hacia el horizonte; a veces también hay que susurrar para ser escuchado. “Queríamos sonar como si estuviéramos empezando de cero, pero con toda la experiencia del camino”, explica Salse, y es exactamente lo que transmite el disco: un renacer consciente, un empezar de nuevo sin olvidar lo aprendido.

Canciones que se viven más que se escuchan

“Point of No Return” abre la travesía como ese instante en que decides dar el salto. No es solo una canción, es un aviso: lo que viene no tiene vuelta atrás. “Alliance of the Free” es, en cambio, un pacto invisible. Se siente como el himno de quienes, aunque dispersos, se saben más fuertes cuando se reconocen en la misma causa. En “Chances” aparece la melancolía, esa sensación de mirar atrás y descubrir que hay decisiones que duelen porque no se repiten; aquí la banda se desnuda un poco más, dejando respirar un aire casi agridulce. Con “Wildfire”, la velocidad se desata: un incendio que avanza sin pedir permiso, un recordatorio de que la vida también es eso, un fuego que nadie controla y que, precisamente por eso, fascina.

El punto culminante llega con “Take Me Back”, donde aparece como invitado Daniel Heiman (Lost Horizon). Su irrupción es un golpe de emoción. No es solo técnica —aunque su voz siga siendo prodigiosa—, es esa capacidad de atravesar la piel, de poner de pie incluso al oyente más incrédulo. Escucharle aquí es como reencontrar a un héroe perdido que vuelve para recordarnos de qué está hecho este género.

Luces y sombras necesarias

¿Es todo perfecto? No. Hay cortes que se sienten menos inspirados, y en algún momento la banda recurre a lugares comunes del power metal que ya conocemos demasiado bien. Pero incluso ahí, el álbum mantiene el rumbo. Porque un viaje no necesita que todos los paisajes deslumbren: lo importante es que al final uno tenga la sensación de haber llegado más lejos de lo que imaginaba. El guiño final, con la versión 8-bit de “Journey to the Sun”, es brillante. No es un simple extra: es un recordatorio de que el juego nunca termina del todo. Siempre queda un crédito más, una vida extra, una nueva oportunidad de jugar con la inocencia intacta.

Lo que queda cuando se apaga la música

Más allá de riffs, estribillos o arreglos, Journey to the Sun se siente como un viaje espiritual. No es un disco que busque ser desmenuzado canción por canción, sino una corriente que te arrastra de principio a fin. Es épico, sí, pero no en el sentido hueco de la palabra, sino en el que importa: el de tocar algo más grande que uno mismo, aunque sea por un instante. 


Reflexión final: Cuando se apaga el último acorde, la sensación no es la de haber consumido música, sino la de haber vivido un relato. Journey to the Sun es brújula más que espejo, recordándonos que el sol no es un destino fijo, sino un lugar al que se accede a ratos, en fogonazos, en canciones que se clavan.

Para mi,  KILMARA no ha grabado solo su disco más ambicioso: ha dibujado un mapa emocional que invita a seguir caminando, incluso cuando el camino parece imposible.

A mi me ha gustado mucho, se me han hecho cortísimos los casi cuarenta y siete minutos de escucha. 

Riffs, arreglos, voces... me parece que es un trabajo muy logrado con el que poner a KILMARA en el escalón que se merecen y que a veces, tanto cuesta subir. 

Creo que es un gran paso en su discografía y yo me alegro de que hayas bandas tan valientes y con esta calidad en nuestra escena.





Comentarios

  1. Gracias por la propuesta. Es cierto, te lo acabas sin apenas darte cuenta, sumergido en tantos detalles. Un disco poderoso para saborear.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

John Dealer & The Coconuts: "It's On" - Diez años, siete himnos y ni una pista de relleno.

EL ROCK NO ES UN LUGAR PARA JOVENES (AUNQUE ME DUELA)

¿Es YUNGBLUD un nuevo genio? Entre la genialidad y la mercadotecnia